El Colomí Missatger

Opinió política, mitologia i història de les religions

De Kházaros a Cátharos: el viaje al oeste (2)

Imagen de las rutas caravaneras entorno a Khazaria. Como han demostrado Artamonov, Dunlop o Koestler en sus trabajos sobre los kázaros, éstos habían formado un imperio basado en el comercio y el libre tráfico caravanero, protegiendo el comercio y las caravanas por una única tasa del 10%. Las ciudades de su territorio eran clave de paso en la circulación de materias primas o manufacturadas: sal, esclavos, caballos, maderas, pieles (marta), piedras preciosas (rubíes, turquesas, ópalos, diamantes, jades) o todo tipo de sedas, y ornamentos, procedentes de China, la cuenca del Tarim, las estepas siberianas, los valles tadjikos, uzbekos y kirguises y toda la germania y la gotia, es decir, desde Asia oriental a Europa y de los Paises Escandinavos o Bálticos al Golfo Pérsico.

Las rutas caucasianas, hacia la Damasco omeya o la Bagdad abbasí, o las que bordeaban el Caspio y el Aral para seguir los cursos del Amu y Syr Darya hacia las cumbres del Hindu Kush por Samarkand, tenían en su cruce Itil ("la blanca" capital del Kanato kázaro junto al Volga). Y también Balandjar, Samandar o Sarkel, ciudades mercado y caravanserais fortificados que los turcos llaman kent (de donde Kanato), los persas bazar, los mongoles bathor, los árabes zoco, anglosajones borough, germanos burg, y los eslavos: gorod y grad.

Aparte de cobrar el 10% de tasas por todas las mercancías que cruzaban Kazaria, era función del ejército kázaro, un contingente fijo de unos 12.000 caballeros -de los que 4.000 eran la guardia del Khagán-, proteger las caravanas y a los campesinos de bandas u hordas de saqueadores, especialmente los varegos (baltos, godos y roxolanos que usaban los ríos para sus razias) y después por éstos y los rus, los ya eslavos descendientes de los roxolanos y otros grupos de alanos, godos, germanos y búlgaros ubicados en los cursos altos del Elba, Dníeper, Dníster, Volga y Don. Muchos de estos ríos deben su nombre eslavo actual al osetio-alano "don": agua, río, como el Danau o Danubio (Ister, Istro, Nandorván, Tana...).

Es también evidente que las razones que impelieron al Khagan Bulán a hacerse hebreo fueron políticas y económicas, aparte de la coherencia del argumento legendario: que los hebreos eran los más antiguos y a los únicos que respetaban los otros dos credos, pues todos se basaban en la Torá, según El Cuzari de Yehuda ha Leví (Barcelona, s.XI).

Los judíos radanitas (“conocedores del camino”), ya documentados antes del s.VIII, como consecuencia de su dispersión, forzada o voluntaria, controlaban los mercados, como comerciantes, banqueros o cambistas, en Asia, Europa y el norte de África. En el caso de las rutas mediterráneas y centroeuropeas, su organización era tan antigua como el imperio romano. La estructura de la sociedad judía, además de su probidad y conocimientos escribanos, facilitó y fomentó que una parte de los hebreos se convirtieran en los mejores conocedores del mundo antiguo, de sus rutas y, aún mejor, de las alternativas en caso de bloqueo o guerra, siguiendo lo que hoy hacen las grandes empresas turísticas: una ruta muy precisa, de ciudad en ciudad y etapa a etapa.

Por ello, a partir de la caída de Sarkel a traición por un ejército mercenario a sueldo de Bizancio y dirigido por Sviatoslav -con cuyo cráneo los patzanak, polovtses u oghuzz harán la consabida Scala, Kraal o copa con el cráneo dorado- grupos de artesanos kázaros, especialmente orfebres y herreros, llamados kabari o kabaros, se acogen junto a sus antiguos vasallos, los magyares, ya ubicados en Hungría (hung. kobor lovag: caballero errante). Otros se mueven hacia Polonia, formando comunidades entorno a los cursos de los principales ríos, los caminos naturales.

Los keraítas de Crimea que niegan el Talmud y la Misná y respetan el sabbat sin cocinar ni siquiera encender luz, se establecieron en Lituania, invitados por el primer rey lituano, Vitautas, rey gracias a la organización de los kázaros, como en el caso de Hungría o Bulgaria. Los keraítas lituanos conservan restos linguísticos del idioma kázaro.

Dice Menéndez Pelayo (II, p.165): “En tiempo de Almansur (de Bagdad) Anan ben David rompe el yugo del talmudismo, y funda la secta de los Caraítas, atenida estrictamente al texto de la Biblia (la Torá). Del caraísmo nació una especie de escolástica, semejante a la de los Motacallimun árabes, y que tomaba de ella hasta los argumentos, como expresamente dice Maimónides (Moisé de Egipto), para defender la creación ex nihilo, la Providencia (Tyké) y la libertad divinas”.

En 1170 los judíos administran el tesoro polaco y muchas monedas se inscriben en hebreo, cuyo alfabeto e idioma usaban ya los kázaros, comercial y administrativamente, a causa de los radanitas y la conversión de Bulán y Obadías. También para escribir su propio idioma. Era el tocario, como el arameo, una lingua franca y sincrética de uso comercial (en turco: ticari: "comercial").

En la ruta ya desde Hungría siguen las caravanas y los futuros colonos el camino antiguo de la Panonia y alcanzan Bosnia, Eslovenia (Parque Nacional de Kozarak, junto a Banja Luka), el véneto y la lombardía hasta Milán y Génova, pues venecianos y genoveses comerciaban con las ciudades kázaras -que llamaban Gazaria- de Crimea como antes lo hicieran romanos y griegos.

Se asientan en territorio de lombardos, las tierras italianas abandonadas por los bizantinos precisamente cuando su alianza con los kázaros había alcanzado el tálamo imperial y en plena guerra iconoclasta. Y de los burgundios, antiguos aliados de los saurómatas que habían dirigido las tribus godas y que reunieron a sus restos tras la derrota de las naciones góticas, por los francos, en Vouillé, y les condujeron hacia las hispanias.

Los recién llegados construyen “shtetl”, en yidish: poblados entorno a una sinagoga que actúa como plaza y mercado (los claustros “románicos” o “normandos” que se atribuyen los católicos), dotados de torre y a veces castillo, como en Polonia, o toda la villa amurallada, los burgos. En principio por propio interés y más tarde por imperativo legal, amplían, crean o compran nuevos barrios en importantes y estratégicas ciudades antiguas: Ginebra, Toulouse, Burdeos: eje horizontal; y de Cádiz, Almería, Cartagena, Tortosa, Falset, Barcelona, Girona, Perpignan, Montpellier, Lyon, Strasbourg, Idar-Oberstein y Renania, por Koblenz y Colonia; o hacia París por Orleans, y Países Bajos, Holanda e Inglaterra: eje vertical o norte-sur.

En Al Andalus (Sepharad en hebreo), la Marca Hispánica -Cataluña (Tortosa, Falset, Barcelona, Gerona, Besalú)- o Provenza (Perpignan, Montpellier, Narbona) su presencia ya era antigua aunque poco numerosa. La franja de la Marca Hispánica se repuebla lentamente con colonos vascos, gascones del Rosellón i Conflent o del Bearn, y con lombardos, payeses de los valles pirenaicos: navarros, aragoneses y catalanes de los condados de Urgell, Pallars, Ausa o Cerdaña, cuyos gobernantes, francos y burgundios (Sunifred, abuelo de Guifré el Pilós), están emparentados con los condados de Foix, Toulouse y Carcasona.

En ese repoblación se conceden fueros urbanos a las nuevas villas en que los hebreos, como en Polonia o Alemania, son tratados igual que los cristianos y protegidos de abusos y desafueros (Fuero de Cardona, o el de Castroviejo, Worms, Metz...). Y su crecimiento exponencial es paralelo al enriquecimiento y bienestar de una sociedad depauperada por años de vasallaje despótico, impuestos abusivos, saqueos y guerras continuas. Es también la época de las Trevas de Deu, o Treguas de Dios, las sagreras o refugio sagrado de treinta pasos entorno a la iglesia y de los usatges, pactos entre el rey, la nobleza y la burguesía que benefician también al campesinado, dependiente y sometido a la aristocracia militar y eclesiástica cuyas prebendas y privilegios se reparten las mismas familias.

En esos años del fin del milenio se percibe una fuerte entrada de capital en Cataluña. Algunos habían sugerido que procedía de las arcas cordobesas, como paga o soborno que evitara las razzias de Borrell, conde de Barcelona. Pero fue éste el que, como el rey navarro Sancho el Craso, su hijo García y su madre, la temida reina Toda, acudió a Córdoba a rendir homenaje a Abderramán III el Grande, precisamente por gestiones de Rav Hasday Isaac ben Shaprut, el nasí de Sefarad que se carteó con el Khagan kázaro Yosef ben Aaron, y cuyos descendientes, como mercaderes, son citados en Zaragoza en el siglo posterior por autores hebreos como Ibn David.

En las notas al Cuzary de Yehuda ha Leví, publicado por la Editora Nacional del Ministerio de Cultura, se afirma que la familia real kázara -la del Khagan o Juez supremo pues los kázaros habían abolido la monarquía-, perteneciente a los ak-kázar o kázaros blancos, se instaló en España, pero no indica las fuentes de tal información ni dónde lo hicieron.

Los nobles, ricos con los nuevos impuestos que el comercio genera, gastan en lujos orientales, especias, joyas, sedas o tintes, los ingresos inesperados, y las cortes se rodean de nuevos arrabales poblados de artesanos y peones, artistas y aprendices. Las aldeas y las villas crecen y con ellas el ocio de la caza se abre a los placeres del cortejo y la seducción.

El culto a Venus y a Hestia, amante y madre venerada, se funde en los incestos de la aristocracia como entre los antiguos reyes-héroes y sus hermanas-esposas. Las señoras se hacen esculpir o pintar, como la antigua madre Ceres-Deméter y/o coronada Cibeles -protectora de las ciudades amuralladas y fortalezas-, posterior María pisando la serpiente o con el niño -Attis- en el regazo y con la corona poliada, en una moda que perdurará más allá de las madonnas de Rafael o Leonardo.

En tanto los señores se embrutecen asesinando en las cruzadas, las damas juegan a ser Tykés y Némesis, Fortuna y Destino, meta inalcanzable y peligrosa. A la par Ovidio se populariza, especialmente su Ars amandi, y el Collar de la Paloma de Ibn Hatz, las Rubayyat de Omar Khayam, los cánticos goliardescos de Ripoll y Burana, los cuentos de Canterbury o el Decameron del mismo Boccaccio que publicara la gran Genealogía de los Dioses Paganos crean escuela y se propagan por los mercados en olas de caravanas.

Los mercados y caravanserais abren la puerta a las historias, fantásticas o reales, crónicas de ciego y relatos de sufís o derviches, cantos de juglares y malabarismos de saltimbanquis, charlatanes, cómicos y trovadores que se acompañan de cítara o laúd mientras entonan cantos épicos, lúdicos o líricos, como sus precursores: bardos célticos, aedos helenos, kavi, giri, kaliki, santi... Mientras, oleadas de fanáticos religiosos y de soldados de fortuna abandonan Europa para marchar a Tierra Santa, en un camino cruel, despiadado y, casi siempre, sin retorno.


Una carga con sables de los kázaros (akatzires), una estrategia concreta para desbaratar las líneas enemigas y llevarlas a la trampa de los arcos compuestos turcos-mongoles. Esta carga -y otras- son descritas en diferentes textos de diferentes épocas y atribuidas a la caballería Kázara. De hecho en la película se quedan todavía muy cortos pues los jinetes no tienen la habilidad de los guerreros auténticos que giraban los sables -el sable kázaro-decapitando enemigos.

Ya antes de las cruzadas se producen los primeros conflictos, en Alemania y Francia. La acusación de culpabilidad por una crucifixión mítica que, por sus propios intereses, los rabinos acabaron por aceptar como real, cual los musulmanes, había habituado al desahogo de las turbas en la matanza de judíos como culpables de la muerte del mítico Jesús, Emmanuel o el Cristo o de cualquiera tildado de hereje o blasfemo, pero será a partir de las cruzadas cuando el fanatismo fomentado por doquier por clérigos y señores llevaría a los hebreos al sobresalto continuo, dependiendo sus vidas muchas veces de la protección de los señores.

Guerrero kázaro con el armamento completo.

En la Historia del pueblo judío, dice Werner Keller: “Una sola vez los judíos de Francia sufrieron persecuciones: bajo el rey Roberto el Piadoso, segundo soberano de la dinastía de los Capetos, en muchos lugares estalló un movimiento hostil a los judíos. Hacia el año 1007 habían llegado a Europa noticias -en su mayoría falsas- sobre persecuciones de cristianos, así como de profanaciones y destrucción de muchas iglesias en Tierra Santa por el califa egipcio Hakim. Cuando súbitamente empezó a correr el rumor de que los judíos habían instigado a los mahometanos, se produjeron persecuciones en muchas ciudades del norte y centro de Francia”.

“En Limoges el obispo colocó a los judíos ante el dilema de convertirse al cristianismo o abandonar la ciudad. La comunidad emigró en masa. En Ruán, en Normandía, las autoridades declararon fuera de la ley a todos aquellos judíos que se resistieran al bautizo. Muchos de ellos fueron asesinados y las mujeres se echaron al agua (se ahogaron) para eludir el bautizo”.

Sobre la persecución de judíos de Roberto el Piadoso tenemos la crónica del monje Raoul Glaber, el Calvo, publicada en 1047 (III, 8); una obra en cinco libros que abarcaba la historia de Europa desde el año 900 hasta sus días. Cita el monje que en 1017 (1022 para algunos historiadores): “Se descubrió en la villa de Orleans una herejía que, después de haber germinado largo tiempo en la sombra, había causado una cosecha de perdición. Esta herejía, se dice, fue traída a las Galias por una mujer venida de Italia. Los clérigos más renombrados por su saber no estaban al abrigo de las seducciones de esta mujer; durante el lapso que estuvo en Orleans reclutó numerosos prosélitos, y hombres honorables del clero orleanés, Lisoius y Heribert, se declararon jefes de la secta. Etienne había sido el confesor de la reina Constanza; ambos, caramente amados por el rey y los oficiales de palacio, tuvieron más facilidad para sorprender los corazones en que la fe era vacilante. Quisieron comunicar su doctrina a un sacerdote de Rouen, venido a Orleans para estudiar teología. Heribert reveló todo a un señor normando llamado Aréfast, de quien era el capellán, y éste denunció el complot a los pies de Richard.

Como estas cosas pasaban bajo el dominio real, Richard de Normandia advirtió a toda prisa al rey Robert del contagio secreto que amenazaba con infectar en su reino al rebaño de Cristo”. “El rey Robert estaba agobiado por las aflicciones; se entendió con Richard y el obispo de Chartres, Fulbert, y exhortó a Arefast a seguir las lecciones de Etienne y de Lisoius para penetrar a fondo en sus errores y denunciarlos en un concilio, lo que fue hecho. El rey se dirigió enseguida a Orleans y, después de haber convocado a los obispos, abades y piadosos señores laicos, ordenó la persecución de los autores y los adeptos de estas opiniones perversas...”. “Arefast tomó el primero la palabra: “Señor rey, dijo, yo soy vasallo de Richard, vuestro muy fiel conde de Normandía; es injustamente que se me ha encarcelado y que se me hace comparecer, cargado de cadenas, ante vos”. El rey le respondió: “Explicadnos lo que ha pasado, a fin de que podamos juzgar con pleno conocimiento de causa. Si sois inocente, sereis devueltos a la libertad; si no, permanecereis en los hierros”.

Arefast se explicó en estos términos: “Habiendo oído hablar de la ciencia y la piedad de estos hombres que comparecen hoy ante vos, he venido a esta villa para aprovechar sus instrucciones. Este es el motivo que me ha hecho dejar mi patria. Si hay algun crimen en ello, los obispos que os rodean decidirán”.

“Para que podamos pronunciarnos, dijeron los obispos, es preciso en principio que nos expliqueis la naturaleza de las enseñanzas que habeis extraído de estos hombres”. Arefast, dirigiéndose entonces al rey: “Que Vuestra Majestad, dice él, en concierto con los venerables obispos, interrogue a mis coacusados, a fin de oir por su propia boca la doctrina que profesan. Vos juzgareis enseguida si es reprensible o no”.

El rey y los obispos procedieron al interrogatorio sucesivo de cada uno de los sectarios, ordenándoles que hicieran profesión de su fe sin disimulo ni reticencia. Pero ninguno de ellos tuvo el coraje. Estos enemigos de la verdad rehusaron todos hablar sinceramente. Más se les presionaba, menos se dejaban coger, como la anguila resbala entre las manos del pescador. No fue posible arrancarles la menor confesión.

Indignado por esta mala fe, Arefast les dijo: “Yo creía haber hallado en vosotros doctores de la verdad. No cesabais de ensalzarme vuestra sinceridad. Estabais dispuestos, decíais, a sufrir la muerte por afirmar la divinidad de vuestra doctrina. Y ahora no osáis ni aún decir la menor palabra y me abandonáis solo ante este peligro mortal. Yo no soy por tanto más que un novicio y el último de vuestros discípulos. Ha llegado la hora de haceros conocer tal como sois. Obedeced al rey, exponed vuestra doctrina tal como es, para que los obispos la puedan juzgar. Me habéis enseñado que el bautismo no borra los pecados, que el Cristo no ha nacido de la Virgen María, que no ha sufrido la pasión, que no fue amortajado, que no ha resucitado de entre los muertos, que el pan y el vino consagrados sobre el altar por los sacerdotes no pueden ser, por la virtud del Espíritu Santo, cambiados por el cuerpo y la sangre del Señor”.

Tras esta declaración explícita de Arefast, el obispo de Beauvais, Guerin, pidió a Etienne y a Lisoius, los dos jefes de la secta, si tal era realmente su creencia. “Sí, exclamaron ellos con audacia diabólica, es ésto lo que creemos, y lo sostendremos hasta la muerte”. “Como el obispo les demostrara que el poder divino de Jesús-Cristo no tiene límites, y que muy realmente el Salvador había querido nacer de una virgen, morir en la cruz para redimir al género humano y resucitar de entre los muertos para asegurarnos a nosotros mismos el beneficio de la resurrección en su gloria, los dos heresiarcas le interrumpieron diciendo: “No estamos en ello, y no podemos ver esos discursos como serios”.

“Pero, les pidió el obispo, ¿creeis vosotros en la existencia de los abuelos (antepasados) que no habeis conocido ni visto, y de los que sois descendientes? Sí, respondieron ellos. Pues si creeis en la existencia de abuelos que no habeis conocido ni visto, replicó el obispo, ¿por qué rehusais creer en la existencia del Verbo eterno, Dios de Dios, engendrado antes de los siglos y encarnado al fin de los tiempos, por la operación del Santo Espíritu, en el seno de la Virgen María?”.

“Lo que repugna a la naturaleza, replicaron ellos, no sabría acordarse con la creación. – ¿No creeis, les preguntó el obispo, que antes del establecimiento del orden natural Dios el Padre creó todo para su Hijo? – Éso son fábulas, respondieron; sois libre de hacerlas creer a los espíritus groseros, que adoptan sin examen las invenciones extravagantes que se han escrito sobre pieles de asno o de carnero. Pero nosotros..., nosotros tenemos una ley interior grabada por el Espíritu Santo en nuestras conciencias. Nosotros no creemos más que lo que Dios, el maestro del mundo, nos ha revelado. Cesad los reproches inútiles, y haced de nosotros lo que querais. El Rey de gloria se nos aparece ya en las regiones celestes; su derecha nos sostiene para triunfos inmortales, ella nos abre las
puertas de la eternidad bienaventurada”.

“No hubo medios de hacerles volver a sentimientos mejores. Todos los obispos se emplearon en vano en esta sesión, que duró desde la primera hora del día hasta la novena. Los acusados fueron condenados a ser quemados; la ejecución se hizo en Orleans mismo. La crónica recoge que al salir de Orleans, donde se hacía la asamblea de los obispos, la reina Constanza reventó un ojo a uno de los heresiarcas con la pequeña caña que tenía en la mano”. Acto que, sin duda, ensalza el fervor católico de la reina, incapaz de sostener la mirada de un hombre libre y justo, probablemente Etienne, su propio confesor.

Aunque éste es precisamente el primer caso de juicio “contra los catharos” que los especialistas citan –todos desde Fernand Niel- tampoco son citados en realidad más que como herejes, ketzer en alemán. Y sus opiniones son las mismas que las de Félix en España, muy parecidas si no idénticas a las de los maniqueos, pelagianos, paulicianos, keraítas, mazdakitas, esenios o gnósticos alejandrinos, y aún de algunas sectas hebreas o musulmanas. Son también idénticas a las de muchos, desde Basílides o Marción, de los autoreconocidos como cristianos y aún católicos y romanos.

Es el caso del obispo Elipando y su discípulo Félix, muerto en Lyon, patria de los valdenses de Pero Valdo, hacia el año 800, que observan perplejos como los guardianes de la fe se hunden en la corrupción, la lujuria, la gula, la ambición y toda clase de desmanes contra Dios, ley y natura, aplicando la crueldad contra el desvalido y el siervo, por muy buen cristiano que sea.

Excavaciones de la posible Atil o Ittil.

Y que las cuestiones teológicas no eran cosa ajena al corazón de la iglesia lo demuestra el litigio entre los ya citados y la iglesia carolingia –cluniacense-. Dice Elipando: “Quien no confesare que Jesuchristo es Hijo adoptivo en cuanto a la humanidad, es hereje, y debe ser exterminado. Arrancad el mal de vuestra tierra”. Lo que implicaba un maniqueísmo que cualquier gnóstico, nestoriano o monofisita aceptaba con menos dudas que la trinidad romana, impuesta a la razón por la fe y la sangre. De hecho fe, o fee en el s. XV, proviene del verbo castellano fer o her: hacer, y significa haz, y no cree, en tiempo imperativo (“por sus obras les conoceréis”).

El muy ferviente católico-apostólico y romano Menéndez Pelayo reconoce lárgamente la ambición, injusticia, concubinato y malos vicios comunes a los monjes clunyacenses, los que durante el cambio del primer milenio, y con el apoyo de carolingios y burgundiones, se apoderaron de la mejor parte de España, especialmente de las sinagogas, mezquitas y basílicas mitraistas, arrianas (visigodas), bizantinas, maniqueas o mozárabes, expulsando y asesinando a sus legítimos dueños y pobladores.

Después se consagraban y se daban por recién “creadas”. En muchos casos, como el famoso de San Juan de la Peña (Huesca) o la cartuja de Montealegre en Tiana (Barcelona), echando a las monjas, muy católicas, e incluída una santa maña (magna), de sus conventos.

Originario del mismo Orleans, Hugo Primas o el Primado vivió durante el s. XII y es autor de una considerable producción de poemas goliardescos, entre los que destaca el Pontificus spuma, fex cleri, sordida struma, qui dedit in bruma mihi mantellum sine pluma! (¡Escoria de los prelados, hez de los clérigos, tumor asqueroso, que me diste en invierno esta capa sin forro!), muestra de la opinión popular sobre la despreciable política de los miembros de la iglesia.

Otro hecho famoso pero confuso puede situarnos en la postura de Roma frente a cualquier menoscabo de su autoridad, así como en la dudosa interpretación de las herejías por parte de antiguos y modernos. Hacia el 839, en un Concilio en Córdoba, tres cardenales y cinco obispos condenaron a unos llamados “acéfalos” (sin cabeza) o casianos, extranjeros de origen, que tenían por inmunda toda comida de los gentiles; ayunaban, como maniqueos y priscilianistas, en el día de Navidad, si caía en viernes (sexta feria). Negaban, como Vigilancio o Ausonio de Burdeos, la adoración de las reliquias y de las imágenes. Daban la Eucaristía in manu a hombres y mujeres. Jactábanse de santidad especial, negándose a toda comunicación con los demás cristianos, y prohibiendo a los suyos recibir de sacerdotes católicos la penitencia y la extremaunción (el consolamentum y la endura).

Constituyeron una iglesia supra arenam constructam (construída sobre la arena) en Egabro (Cabra). Probablemente se trataba de una comunidad reunida en un templo subterráneo con mithraeum como el de Aubeterre, en La Charente francesa.

Los Kephalaia, (“Capítulos” o “Puntos capitales de la doctrina” de Mani) son algunos de los más importantes textos de la ortodoxia maniquea que se conservan, hoy en Berlín. Entre los coptos, los famosos cristianos que Roma y sus aliados apoyan con armas y dinero frente a sus vecinos musulmanes, el Kephalaia se denominaba “enkephalaion”. Sólo se ha publicado hasta la fecha una parte de éstos, y encontramos en el cap. 142: “El hombre no debe creer sin haber visto el objeto (de su creencia) con sus propios ojos”, que recuerda un famoso axioma de Descartes. También sabemos la ruptura de Mani con los cristianos bautistas por poner “en el bautismo por agua toda su esperanza y su fe” (Kephal. VI, p. 33), aunque “el maniqueísmo hacía abundante uso de las abluciones”, pero no siempre con agua.

Un pasaje inédito (citado en Siglo XXI, p. 310) del cap. CXLIV de los Kephalaia coptos “alude a una especie de viático conferido in articulo mortis, que podría estar relacionado también -como la endura- con una práctica bien conocida, vigente entre los mandeos (mazdakitas, comunidades comunistas de raíz mazdeísta)”.

También hallamos, en el cap. IX, cinco prácticas de reconocimiento, llamadas “misterios” o “signos”: “La Paz (eirene), como saludo; la “Diestra” (tunem) o apretón de manos, iunctio dextrarum; el “Beso”, aspasmós, o “beso de paz intercambiado entre hermanos”; la “prosternación” o “adoración”, proskinesis; y la “imposición de manos” o ”de la mano” (cheirotonía).

Si sabíamos por Alejandro la importancia de la prosternación entre el Rey de Reyes y sus súbditos indoiranios, sabemos por los evangelios cristianos la importancia del beso entre los esenios y sicarios, ya antiguo entre los adeptos zoroastrianos e iniciados mitraicos. De hecho, encontraremos estos cinco misterios, mucho después del mitraísmo, entre los gnósticos y las fraternidades de francmasones, teósofos y rosacruces.

El emperador de oriente Justiniano I fue protagonista, según Procopio, de un muy extraño y siniestro culto en que se le veía sin cabeza (akefale) por las noches, deambulando sin propósito conocido por el palacio, siempre entre un halo de nigromancias y maleficios.

El término bon homme, con que algunos cronistas de Roma han intentado denominar a los Cátharos, es apelativo, en todas las lenguas romances, del pechero o tributario, es decir, el hombre libre llano -sin nobleza reconocida que le exhime de pagar impuestos- obligado a pagar tributo y sujeto a todas las cargas, pechos, tasas, costas y gravámenes: el pagano, el plebeyo. En Italia será el uomo buono, hombre bueno pechero en España, aún en los siglos XV y XVI, y entre los “cristianos viejos”. Es el paganus latino.

Ello implica que los inquisidores dominicos y los cruzados capetos de Simón de Montfort sostenían, en gran parte, su violencia ante el argumento de que aquellos hombres libres del mediodía francés y el norte italiano debían pechar, pagar tributos, como cualquier siervo de la gleba de sus oprimidos dominios. Además de someterse a los interese políticos y económicos de Roma, como el niño rey Jaime I, educado por los templarios en Monzón tras la terrible y gloriosa muerte de Pedro II, muy mal llamado “el Católico”, en la batalla de Muret, en 1213, contra los “cruzados” de Simón de Montfort y los reyes Capetos, mercenarios de Roma con recompensa de botín.

Los señores de Toulouse, Auch, Carcasonne, Narbonne, Perpignan, Foix, Bayonne, Urgell o Barcelona sabían que ello no era ni fácil, ni posible. El gravamen indiscriminado, los portazgos excesivos y reiterados, encarecían las mercancias exponencialmente, y la inflacción de los precios habría limitado la venta y la cantidad del comercio hasta hacerlo, como ocurrió tras la caída languedociana, sólo accesible a la oligarquía y el clero, enriquecidos por el expolio de los hombres buenos, no nobles, y llevando el hambre a la gran masa de población.

Las cruzadas, todas ellas, fueron el recurso malthusiano para impedir un proceso revolucionario, como sucedió en la pequeña época glaciar francesa de 1789, cuando el frío, las malas cosechas y la desvergüenza de la corte austrofrancesa llevó al rodar de cabezas en la Place des Vosgues de París, donde vivía Víctor Hugo, más amante de la justicia que de la sangre.

En 1022 ocurre otro juicio contra herejes en Toulouse, y es en 1030 cuando por primera vez se aplica el calificativo de “catharos” a una comunidad herética de Monteforte, cerca de Asti. Capturados, fueron despiadadamente asesinados. Sigue Chalons sur Saône, antaño capital de la Burgundia o Borgoña, en 1045; y se da un caso en Alemania, en Goslar, donde son apresados por Enrique IV el Negro, en 1052. Durante el siglo XII se dan casos en Soissons, en Flandes, Suiza, Reims, Vezelay, Lieja o Artois. En 1145 se queman en Colonia “catharos” (kether: “herejes”), y más tarde en Bonn.

Dice Menéndez Pelayo: “Hacia 1160 aparecieron en Inglaterra bajo el nombre de publicanos”. Siendo tantos “herejes” gentes de elevado poder económico y cultural, la sospecha recae en los intereses de los jueces y, sobre todo, del rey Roberto, “agobiado” por los conflictos y las arcas, más vacías que las intocables eclesiásticas, empeñadas en grandes y lujosas construcciones que compiten con el fasto musulmán, y desembocarán en el primer gótico, a me-diados del XII, en la basílica de Saint Denís del abad Suger y los inicios de Nôtre Dame (1167).

Mientras, hacia el año 900, los conflictos asiáticos y de la Europa oriental habían colapsado la ruta comercial franco-alemana, sumados a las razzias y saqueos de los normandos, los húngaros o los piratas, musulmanes o cristianos. El sur de Francia, Lombardía, Génova, Amalfi, Bari o Venecia, la costa adriática y la ruta hacia y desde el Mar Negro era mantenida por mar por armadores italianos y griegos con capital judío, y por tierra por los judíos radanitas, aún activos cuando se produce la correspondencia kázara con Córdoba, pues ellos, precisamente, son la clave del misterio.

Los decretos del Papa y los reyes Otón I y II garantizan y preservan a los judíos en sus territorios, equiparándoles en derechos a los cristianos. Los “judíos y otros mercaderes” de Magdeburgo, Merseburgo, Worms, Colonia o Maguncia estaban bajo tutela de sus obispos ya desde el año 965.

La narración de Marcos-Ricardo Barnatán, descendiente español del judío de Sefarad Isaac bar -hijo en arameo- Natán, mensajero de Hasday ben Shaprut junto con su hermano Daniel a la capital kázara Ittil, guarda enormes semejanzas, frases y párrafos enteros, con partes del relato de Ibn Fadlan, Al-Masudi, Ibn Hawkal, la Administrando imperio y el Libro de las Ceremonias de Constantino VII Porfirogéneta o de la propia carta de Hasday, por lo que podría ser una recreación o reconstrucción literaria, a partir de una carta base original, o un collage bien engarzado.

Sabemos que en el año 948 el geógrafo Ibn Hawqal se entrevistó con Hasday, y en esa época ya era conocido el texto de Ibn Fadlan y otros, hoy perdidos, tal vez de Al-Ishtakri. El período de la correspondencia kázara se produce en 955, en los últimos años de Abd-el-Rahmán III, muerto el 4 de noviembre del 961.

También podría suceder que el emperador hubiera extraído de los mensajeros la parca información que después trasladará a su obra pues la carta de Bar Natán y el texto de Ibn Fadlan son casi iguales y el viajero árabe dice que abandonó “la Ciudad de la Paz (Bagdad), el jueves 11 safar del año 309 (21 de junio del 931”, es decir, unos 30 años antes que Bar Natán: ¿conocieron los embajadores radanitas el texto del árabe y se lo entregaron a Constantino?

“En la segunda ciudad (Tanais del Don) fuimos recibidos por un oficial del rey (Yosef) que la gobernaba (la ruta de Fadlan fue por el Turquestán y Caspio oriental). Renovó nuestras vituallas y ordenó se nos diera escolta para que llegáramos sanos a Itil. Díjonos antes que el rey, el Gran Kagan, no aparece en público más que una vez cada cuatro meses. Su adjunto, que recibe el tratamiento de Kagan Bek, es quien manda y cuida de los ejércitos, arregla los asuntos del Estado, aparece en público y dirige las guerras. Los reyes vecinos acatan sus órdenes.

Se presenta diariamente ante el Gran Kagan, con respeto y modestia, descalzo y con una rama en la mano. Muestra sumisión, prende fuego a la rama (¿cáñamo escita?) y, una vez consumida, toma asiento en el trono a la derecha del rey”.

Desde el primer Khagan hasta “la derecha del rey” es igual en ambos textos, tras lo que añade Ibn Fadlan: “Después de él, por orden jerárquico, está un hombre llamado k-nd-r Kagan, y, a continuación, el Jaw-shyghr Kagan”. Este k-nd-r podría ser el kudarkin (virrey) citado por el árabe en otro lugar.

En cambio la descripción que sigue es un calco de la crónica de los viajes de Ibn Hawkal: “El mismo oficial hablónos de la región que se extiende al otro lado del río Tanais (Don) y que llamó Samandar (Asmid), de donde venía el excelente vino que nos ofreció. Díjonos que aquella ciudad posee jardines y huertos tan numerosos que desde Darband a Serir todas las regiones se encuentran cubiertas de cultivos y plantaciones pertenecientes a la citada ciudad. Díjonos que hay hasta cuarenta mil, y que gran número de esos campos producen uva”.

Isaac bar Natán:“El largo camino de Tanais a Itil lo hicimos con una de las más grandes caravanas que recuerdo haber visto en mi ya larga vida. Llegué a contar hasta cinco mil hombres y tres mil bestias de carga. En ella aprendimos casi todo lo que sabemos sobre los kázaros, y con ella llegamos a la ciudad de Itil, capital del Imperio. La gran ciudad se extiende sobre las dos riberas del Itil (Volga). En una orilla habitan los ismaelitas, mientras que la otra es ocupada por el rey y su corte. Los musulmanes son gobernados por uno de los oficiales del rey, también musulmán. Nadie interfiere en sus asuntos ni pretende juzgarles. Al otro lado se levanta el palacio del Gran Kagan, que es un castillo con muros enormes de ladrillo cocido, y nos dicen que sus mujeres ocupan los palacios con techado de teca.
En otro palacio vive el Kagan Bek quien tiene el poder de unir y desunir, ordenar los castigos y gobernar el país. Las dos partes de la ciudad están unidas por un puente de barcos que atraviesa el río. La parte occidental está rodeada por una muralla fortificada de ladrillo cocido, de cuatro puertas, una de las puertas da al río. La parte oriental es la ciudad de los musulmanes y de los adoradores de ídolos (cristianos), y es donde se levantan las mezquitas y los baños, los mercados y los tribunales”.


Archivo