El Colomí Missatger

Opinió política, mitologia i història de les religions

Las cristianas mentiras sobre la rebelión de los moriscos de las Alpujarras


Desembarco de los moriscos en el Puerto de Orán (1613, Vicente Mestre)

El 9 de abril de 1609, Felipe III de España decretó la expulsión de los moriscos, descendientes de la población de religión musulmana convertida por la fuerza al cristianismo por la pragmática de los Reyes Católicos del 14 de febrero de 1502. La excusa más recurrente fué la rebelión de las Alpujarras (1568-1571), dirigida y organizada por Hernando Portocarrero, cristiano señor de Arcos, junto con un destacado grupo de nobles de las Alpujarras que deseaban las tierras de los moriscos de aquella fértil zona. Portocarrero fue después premiado, por Felipe II, por facilitar y excusar con su conspiración la brutal represión de los moriscos, que en teoría se hallaban protegidos por un tratado de paz que, como los dos anteriores, fue ignorado y traicionado por la monarquía católica.

Todo ello se sigue silenciando pese a los datos, camuflados tras la matanza de cristianos iniciada el día de Navidad de 1568.
Y la vergüenza que nos cubre sólo se ve remotamente compensada -personalmente- por el conocimiento que tengo de que, más allá de la injusticia cometida, el daño y el dolor fue tan compartido como el horror que los originó: La ambición y codicia de una nobleza corrupta, ajena a las bondades del cristianismo y sólo motivada por el enriquecimiento personal.

No son afirmaciones ni mucho menos gratuitas. Un servidor desciende de muchos de los "mártires" alpujarreños -unos 30-, y de quienes mandaban diversos de los ejércitos que subyugaron una rebelión organizada en los palacios y concilios cristianos. Y de muchos de los cristianos viejos que heredaron y arruinaron -con la ayuda de las nefastas políticas imperiales- aquellos jardines.

El tema da para mucho, por lo que me remitiré a lo más estricto, y dejaré al interés del lector profundizar en la red en busca de más datos.

El abuelo Francisco Pedro José Gallardo García

Francisco Pedro José Gallardo García, de Lorca, fué un célebre capitán de las Milicias de Vera, y vecino de Mojácar, donde falleció el 21 de Mayo de 1619, dejando de Francisca Núñez de Arce, su mujer, tres hijos, dos de ellos gemelos.

Pero no fué célebre, en sus días, por ello, sino porque, el 10 de agosto de 1571, en la Mesa de Roldán, capturó al jefe, cristiano y de la más ráncia y linajuda nobleza castellana, de la revuelta de los moriscos de Granada, Hernando de Portocarrero. Por expresa orden real Portocarrero fue conducido a presencia de Felipe II. Allí fue escuchado y premiado por el rey que le dotó -y a su linaje- con el condado de Arcos (de la Frontera), sus pechas y sus rentas.

Don Pedro -como se le llamaba usualmente- se cabreó mucho. El tal Portocarrero había conducido a los desesperados, humillados, perseguidos, expoliados y oprimidos moriscos de Granada (entonces Almería era Granada también), cuyas tierras formaban parte de los pactos ya traicionados dos veces por los Reyes Católicos tras la caida de Granada, a una guerra salvaje, iniciada el día de Navidad de 1568. Tres años de horrores cuyos inicios quedaron reflejados en crónicas que hoy se pueden hallar en la red: Mármol, las Actas de Ugíjar o Valeriano Sánchez, archivero del AHP de Almería, son algunas de las principales fuentes de entonces y de hoy.

Había un rey morisco, que algunas crónicas llaman García el Záifer, y que había incitado a los moriscos a sumarse a las lanzas del rebelde cristiano, instigador con otros cargos reales, como la familia de Celedón de Enciso de la Torre, escribano real e hijo del alcalde mayor de las Alpujarras, Cristobal de Enciso y Toro.

Don Pedro Gallardo cazó en Serón a García el Záifer, y allí mismo le cortó la cabeza para que a este no le salvara ni el rey. Por sus méritos se ganó, aparte del usual escudo de los Gallardos, con dos dragones en las puntas escupiendo fuego, un escudo nuevo, con cuatro cuarteles, el segundo y tercero de los cuales hacen memoria de estos hechos. Aún existe un pequeño pueblo llamado los Gallardos en la Alpujarra.

Otros supervivientes de la matanza de Navidad, como el capitán Antonio de la Plata y Almenara, dedicaron su vida a perseguir -hasta ser amonestado con firmeza por sus abusos- a todos aquellos a quienes culpaba de la muerte de su padre, Francisco de la Plata y Almenara, y tres hermanos varones. Antonio estaba, aun infante, en casa de familiares, y ello le salvó cuando, alertados por otros cristianos vecinos, los moriscos les capturaron en su casa de Bayárcal y, conociendo que acababa de heredar una gran fortuna de un hermano, escribano real en América, le torturaron hirviéndole en aceite, entre otras barbaridades.

Muchos fueron los muertos documentados con nombre y apellidos, especialmente los cristianos, aunque las crónicas y la historia dejan bien claro que la política y la inquisición son mala combinación para la paz de los pueblos. Las barbaries documentadas por mano de los cristianos dejan pálidas las muy puntuales de los moriscos, que por sistema respetaban la vida y persona de jornaleros, mujeres y niños, cosa que no sucedía entre los ejércitos católicos, que no respetaban nada ni nadie, ni antes de la guerra, ni después.

Buena prueba es que el capitán de caballería Diego Gabriel de Córdoba rescató, entre otras mujeres prisioneras, a una preclara doncella, María de Quixada, nieta del Luis de Quixada que fuera ayo del duque de Alba, Juan de Austria o "Jeromín", el hermano bastardo de Felipe II y general de los ejércitos en la guerra con los moriscos... hasta que le hirieron y se retiró unas leguas del frente. Dos años más tarde Jeromín estuvo en Lepanto... en la fila de atrás. Diego Gabriel se casó con María, que era aún virgen y buena dama católica.

También murió allí Alonso de Peralta, descendiente "por línea de varón" de la casa de Falces, comisario del Santo Oficio de la Inquisición y militar destacado, y sus hijos varones excepto uno, Lope de Peralta Gámez de Córdoba, aún niño, al que su madre disfrazó con ropas de mujer, y que casaría con Sabina de la Plata y Almenara, nieta del Francisco de la Plata y Almenara frito en aceite.

Con la excepción del bastardo de los Austrias, Portocarrero y el Záifer, todos los citados fueron abuel@s míos, por lo hasta hoy sabido y conocido.

Historia de la expulsión de 1609

La mayoría de la población morisca, tras más de un siglo de su conversión forzada al cristianismo, continuaba siendo un grupo social aparte, a pesar de que, excepto en Valencia, la mayoría de las comunidades habían perdido el uso de la lengua árabe en favor del castellano, y de que su conocimiento del dogma y los ritos del islam, religión que practicaban en secreto, era en general muy pobre.

La población morisca consistía en unas 325.000 personas en un país de unos 8,5 millones de habitantes. Estaban concentrados en los reinos de Aragón, en el que constituían un 20% de la población, y de Valencia, donde representaban un 33% del total de habitantes. A esto hay que añadir que el crecimiento de la población morisca era bastante superior al de la cristiana. Las tierras ricas y los centros urbanos de esos reinos eran mayormente cristianos, mientras que los moriscos ocupaban la mayor parte de las tierras pobres y se concentraban en los suburbios de las ciudades.

En Castilla la situación era muy distinta: de una población de 6 millones de personas, entre moriscos y mudéjares sólo juntaban unos 100.000 habitantes. Debido a este mucho menor porcentaje de población y a la positiva experiencia con los antiguos mudéjares, los cuales llevaban siglos conviviendo con la población cristiana, el resentimiento hacia los moriscos en la corona de Castilla era menor al de la población cristiana de la corona de Aragón.

Entre los defensores de la expulsión se cuenta a Jaime Bleda, inquisidor de Valencia, donde la población morisca era la más numerosa, quien propuso al rey la expulsión de los moriscos. En un principio la idea no fue considerada por el gobierno, pero la misma fue propuesta de nuevo por el arzobispo de Valencia, Juan de Ribera, que apoyaba la expulsión al considerarlos herejes y traidores, a lo que el arzobispo añadió una característica que hizo la proposición bastante atractiva: el rey se podría beneficiar de la confiscación de bienes y propiedades de la población morisca e incluso esclavizarlos.

La política acerca de la población morisca hasta 1608 había sido la de conversión, aunque con anterioridad Carlos I (en 1526) y Felipe II (en 1582) hubiesen insinuado y pretendido una medida más radical. Sin embargo, fue a partir de 1608 cuando el Consejo de Estado comenzó a considerar la opción de la expulsión y en 1609 recomendó al rey tomar dicha medida.


Expulsión de los moriscos en el puerto del Grao (Valencia)

Desarrollo de la expulsión

El 9 de abril de 1609 se tomó la decisión de expulsar a los moriscos. Pero el proceso podía suponer problemas debido a la importancia en factores de población de dichos habitantes. Se decidió empezar por Valencia, donde la población morisca era mayor y los preparativos fueron llevados en el más estricto secreto. Desde comienzos de septiembre, tercios llegados de Italia tomaron posiciones en el norte y sur del reino de Valencia y el 22 de ese mes el virrey ordenó la publicación del decreto. La aristocracia valenciana se reunió con representantes del gobierno para protestar por la expulsión, pues ésta supondría una disminución de sus ingresos, pero la oposición al decreto se zanjó ante la oferta de quedarse con la propiedad territorial de los moriscos, con pena de muerte en caso de quema o destrucción antes de la transferencia.

A partir del 30 de septiembre fueron llevados a los puertos, donde como ofensa última fueron obligados a pagar el pasaje. Los primeros moriscos fueron transportados al norte de África, donde en ocasiones fueron atacados por la población de los países receptores. Esto causó temores en la población morisca restante en Valencia, y el 20 de octubre se produjo una rebelión morisca contra la expulsión. Los rebeldes fueron reducidos en noviembre y se terminó con la expulsión de los últimos moriscos valencianos. A principios de 1610 se realizó la expulsión de los moriscos aragoneses y en septiembre la de los moriscos catalanes.

La expulsión de los moriscos de Castilla era una tarea más ardua, puesto que estaban mucho más dispersos tras haber sido repartidos en 1571 por el reino después de la rebelión de las Alpujarras. Debido a esto, a la población morisca se le dio una primera opción de salida voluntaria del país, donde podían llevarse sus posesiones más valiosas y todo aquello que pudieran vender. Así, en Castilla la expulsión duró tres años (de 1611 a 1614) e incluso algunos consiguieron evadir la expulsión y permanecieron en España.

La deportación de los moriscos granadinos se realizó en columnas de 1.500 a 2.000 personas, escindidas en escuadras de 500 individuos. Cada columna seguía un itinerario particular con el fin de asegurar un mejor avituallamiento. Como media, la expedición recorría un poco más de 4 leguas al día (20 km, 5 km la legua), y para evitar que los más fuertes escapasen, se les ataba con esposas...



García de VILLARROEL 
VILLARROEL, García de (Guadix, 1530 - Almería, 1585). Militar.
      Pertenecía a una rama de la casa de los Benavides, al igual que los condes de Santisteban y marqueses de Jabalquinto. Sus padres, vecinos de Guadix, fueron Martín de Benavides, tercer señor de Albuñán, y Elvira de Villarroel y Quiñones, hija del Adelantado de Cazorla, García de Villarroel, de quien recibió el nombre y apellido.

      En 1563 llegó a Almería como gobernador militar de la ciudad y su partido, y capitán de las dos compañías asentadas en la ciudad, una de infantería (90 soldados) y otra de caballería (40 lanzas o escuderos), con salario de 125.000 maravedíes al año. Sucedía en el cargo a su suegro y tío, Juan de Villarroel, descendiente del Adelantado de Cazorla y veedor general de la Armada, quien le había cedido las compañías como parte de la dote (10.000 ducados) de su hija Beatriz de Villarroel, fallecida tempranamente a finales de 1564, y que estaban valoradas en 8.000 ducados. El matrimonio tuvo un hijo llamado Juan de Benavides Villarroel, que casó con Juana de Benavides Bazán, hija de Juan de Benavides, señor de Jabalquinto.

      García de Villarroel tuvo una destacada actuación militar, sirviendo en la desastrosa batalla de Mostagán (1558), donde fue cautivado y rescatado por 1.000 ducados y, especialmente, en la dirección militar de la ciudad de Almería y su partido, siendo protagonista de primer orden en la Guerra contra los moriscos. Como máximo responsable militar de Almería, su misión básica fue la defensa de la ciudad, a la que sorprendió la sublevación morisca muy desguarnecida. Además, la ciudad era uno de los objetivos principales de los moriscos sublevados, pues podía convertirse en cabeza de puente entre el Reino de Granada y el mundo turco-berberisco del norte de África.

      Su actuación bélica propiamente dicha se produjo durante el año de 1569. La primera acción se inició muy pronto: en la madrugada del 2-I-1569 destruyó un grupo de moriscos asentados en el cerro de El Chuche (Benahadux), donde pereció el propio cabecilla morisco Brahem el Cacis. Pocos días después (19-I), tuvo lugar la batalla de Felix, dirigida por el marqués de los Vélez, Luis Fajardo, con su ejército de milicias murcianas; la acción de Villarroel no pasó de ser una desafortunada anécdota, pues quiso adelantarse al propio Marqués, pensando que “podría robarles (a los moriscos) antes que el marqués llegase”, según relata el cronista Mármol Carvajal, pero se encontró una fuerte resistencia y tuvo que buscar refugio en el campo del Marqués, retirándose a Almería. Durante los días 1 y 2 de febrero, y bajo la dirección de Francisco de Córdoba, que había llegado a Almería para dirigir su defensa, intervino en el asalto a Inox (al oeste de Níjar), lugar donde se había refugiado un gran número de moriscos que pretendían embarcarse hacia el norte de África. Mármol Carvajal titula expresivamente este asalto como el “negocio de Inox”, pues el botín de Guerra ascendió, según él, a 500.000 ducados, cifra no lejana a la realidad, porque se capturaron 2.450 esclavos (básicamente mujeres y niños) y una enorme cantidad de bienes (joyas, ganado, seda,...). La última operación militar de cierta importancia que protagonizó Villarroel, junto con su hermano mayor Cristóbal de Benavides, que había acudido a Almería al mando de una compañía de 300 soldados de Baza, fue la cabalgada de Huécija, llevada a cabo el 25-VII-1569, festividad de Santiago Apóstol, donde se esclavizaron 54 mujeres y muchachos.

     En 1570, cuando la Guerra estaba terminando, sus operaciones se redujeron a algunas cabalgadas menores: dos a Cabo a Gata, una a Dalías y otra a la taha de Marchena. Tras la Guerra, intervino militarmente en la reducción de los moriscos, repartió, junto con el auditor Navas de Puebla, a niños moriscos con carta de soldada a personas de Almería, y se encargó de todo lo referido al embarque de los moriscos por el puerto almeriense con destino a Sevilla (1-XI-1570). Como capitán, Villarroel fue uno de los mayores beneficiados en la adquisición de esclavos moriscos de guerra, empleándolos en trueque con comerciantes para su propio aprovisionamiento y el de sus tropas: en una sola operación saldó las deudas contraídas con el mercader Pedro de Moguer con la entrega de una partida de 24 esclavos por valor de 324.852 maravedíes.

      Cronistas y documentos retratan a García con una personalidad férrea, de mano dura, aplicando la tortura, partidario de la rápida acción armada, conflictivo (se enfrentó con el cabildo municipal y con Francisco de Córdoba), intolerante y antimorisco. Un “halcón”, en palabras de Nicolás Cabrillana. Su táctica militar fue esencialmente la rápida cabalgada en busca de botín y de destrucción total del enemigo, empresa en la que colaboró todo tipo de población civil, artesanos, regidores o clérigos. Pero fue efectivo en la salvaguardia de la ciudad y, sobre todo, de sus hombres. Él mismo confesaba que durante la Guerra había confiscado, para servicio de sus tropas más de 15.000 ducados, tanto a moriscos como a cristianos viejos e instituciones. Tras 22 años al mando de la defensa de Almería, fallecido por gota (26-IV- 1585), siendo sustituido (1-XI-1586) por el capitán Íñigo de Guevara y de la Torre.
Muñoz Buendía, Antonio
 
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