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Elvis, Joplin, Hendrix, Jackson, Winehouse: Tontos más rentables muertos que vivos


Cuando el judío Elvis murió, no vendía más que en Las Vegas a sus fans octogenarias los discos firmados. Su nombre es un juego de palabras con Elvim, que los hebreos pronuncian Elohim: "Los dioses", plural de El, dios de la lluvia de la semita Ugarit que los hebreos identifican ahora con Yeué (Iod-He-Vau-He), el Iaó o Júpiter de los gnósticos alejandrinos. Después de muerto "el mito", el ridículo cachalote que sirvió de propaganda al sionismo estadounidense, fue un chorro de beneficios para su discográfica, a base de ediciones de "coleccionista", remakes y publicidad gratuita en todos los medios del "mundo libre capitalista".

Tres cuartos de lo mismo le pasaba a Janis Joplin, que seguía berreando pero cada día más ajada e incapaz de resistir un concierto de pie. Su pretendido hippismo "revolucionario" era entonces tan real como el del resto de coros y danzas de adictos a la LSD y la heroína que habían sobrevivido a las adulteraciones con estricnina, también entre ellos el destroza guitarras Jaimito Hendrix. Después de palmarla, vendieron más que antes, aunque su parte se la quedaron los vivos.

Lo de Jackson, con su desmedido amor hacia los infantes y el uso de lejía para volverse más blanco que el traje de Ratzinger, había dejado al "mito" de plástico en grave situación financiera, a pesar de ser el propietario del copyright de los temas de los Beatles y aquella mansión ejemplar con que todos los pederastas sueñan noche y día.

Tras su muerte, tan aclarada como su piel y la marca de tinte blanqueador, ha vendido bastante más, se le vió en la tele sin que fuera por jugar con bebés en los balcones y no tuvo que entrar más por la puerta del juzgado ni pagar millonarias indemnizaciones a los padres de sus amados niños.

Ahora, la última "leyenda" -según tv3 y otras cadenas del sionismo yanqui- está forrando a su compañía de pasta que "encuentra" porquerías que no se atrevió a editar y que ahora vende como si fueran la 9ª de Beethoven, junto con recopilatorios y millones en publicidad gratis tras la muerte de la burra, cuya familia acudió al entierro -y reparto de dividendos previo- equipada con la quipá hebrea, por si alguien no se había enterado de por qué aquella cosa "es una leyenda".

En castellano se dice: "A burro muerto cebada al rabo". Ahora se les llama leyenda y te los endiñan tanto si te producen arcadas como si no, como si todos fuéramos analfabetos pentatónicos y/o los ineptos servicios secretos del Stoltenbergers repartidor de premios nóbeles de la paz a fascistas y asesinos, y su policía, que quieren hacer una leyenda solitaria de su nazi antes que descubrir en su cocina y la de sus monarquías escandinavas nazionalcatólicas reinantes a sus socios e instigadores.

Es que stultus, en latín, significa tonto, y berg, en lo suyo germánico, montaña.


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