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La España inexistente: La conjura de los Faisanes a 350 años de la Paz de los Pirineos

Destacamos el listado de títulos del, según algunos, «rey de España», quien, de iure, de facto e internacionalmente, era reconocido, como mucho, «rey de las Españas», en la página de ejecutoria de hidalguía de la familia Enciso de Berja, concluida en la Chancillería de Granada en 1699, al final del reinado estéril de Carlos II (1661-1700).

«Don Carlos, Por la gracia de Dios Rey de Castilla, de León, de Aragón, de las dos Sicilias, de Jerusalén, de Navarra, de Granada, de Toledo, de Valencia, de Galicia, de Mallorca, de Sevilla, de Cerdeña, de Córdoba, de Córcega, de Murcia, de Jaén, de los Algarves, de Algeciras, de Gibraltar, de las Islas de Canaria, de las indias orientales y occidentales, islas y tierra firme del mar Océano, Archiduque de Austria, Duque de Borgoña, de Brabante y de Milán, de Atenas y Neopatria, Conde de Asburg, de Flandes, de Tirol y Rosellón y de Barcelona, marqués de Oristán y de Goziano».



¿Dónde estaba España en 1699 ?

Carlos II era hijo de Felipe IV de Austria y su segunda esposa, y sobrina, Mariana de Austria, hija de María, su hermana, hijos de Felipe III y de María Margarita de Austria. Esta misma esposa de Felipe III era también su prima hermana.

La cuarta esposa de Felipe II, Ana de Austria (1549-1580), era hija de Maximiliano II de Alemania y María de Austria. Maximiliano II era hijo de Fernando I de Alemania, que era hermano de Carlos I, padre de Felipe II. María de Austria, a su vez, era hija de Carlos I e Isabel de Portugal.

Así, Maximiliano II era primo hermano de su mujer, María de Austria, con segundo grado de consanguineidad, debidamente dispensado por el papa de turno -como era costumbre también entre la nobleza que podía permitírselo, para tener el patrimonio concentrado- que desembocó, tras los sucesivos enlaces entre primos hermanos y tíos o sobrinos, en la endogámica tara austroborbónica.

Felipe de Anjou, Felipe V como primer Borbón de las Españas, hijo de el Gran Delfín Luis (1661-1711) y María Ana de Baviera, era nieto de Luis XIV (1638-1715), el Rey Sol, y de su prima María Teresa, hija de Felipe IV y su primera esposa Isabel de Borbón. Esta Isabel era hermana de Luis XIII de Francia y, ambos, hijos de Felipe III y su prima, la ya mencionada María Margarita de Austria, reyes de las Españas.

La consanguineidad proseguirá al fin de la dinastía austríaca y tras una guerra de sucesión que, como tantas otras, sólo tenían por objetivo fijar definitivamente el reparto de las naciones en la herencia de la gran familia imperial, pasando, cuando conviniera, por encima de los cadáveres de sus pueblos: enfrentándolos entre ellos, para debilitarlos hasta poder ser ocupados y dominados férrea y dictatorialmente.

Aún antes de 1640, en los inicios de la influencia de quien regiría, durante el reinado de Felipe IV, los destinos de España, el Conde Duque de Olivares, Pérez de Guzmán, remitió unas memorias al rey donde, a la manera del en boga Nicolás Maquiavelo, le aconsejaba la preferencia de un gobierno centralista y unitario sobre un sistema de regionalismos autónomos forales : « Que no se limite a ser rey de Portugal, Aragón, Valencia o Conde de Barcelona, sino que se trabaje y piense, con consejo maduro y secreto, para reducir dichos reinos al estilo y leyes de Castilla, y será el monarca más poderoso del mundo ».

Hubo un primer intento, con el temible Juan II de Aragón. Tras la guerra a muerte criminal contra sus hijos Blanca y Carlos de Viana, herederos a los tronos de Aragón, Sicilia y Navarra y a los condados de Cataluña (Barcelona, Rosellón, Cerdaña...), y ya en su vejez, Juan II pactó el regalo a Francia del Rosellón (Conflent y Roussillon) y la Cerdaña, a cambio de Navarra. La donación no prosperó a la muerte del rey, por las revueltas y oposición de la propia nobleza, desde Vizcaya hasta el Bearne, pasando por Lapurdi.

Carlos de Viana, amado por su cultura renacentista y sus amables maneras, habría podido edificar un reino dueño del Mediterráneo occidental, dominando Italia desde Nápoles a Sicilia, con la potencia económica y demográfica que suponían su gran herencia.

Ni Castilla ni París, que luchaban por Milán y Nápoles en secreto, o por Bretaña con alianzas matrimoniales , y por conservar la Guyenne y la Aquitania que había recuperado Francia tras la Guerra de los Cien Años con Inglaterra, arriesgarían sus dinastías futuras en manos de un ciudadano renacentista, culto y dialogante. También estaban las posesiones de Flandes, que perdería Carlos II para siempre, con el Franco Condado o Borgoña, y aquellas ciudades a que ambos imperios aspiraban, para conseguir una hegemonía definitiva sobre las demás potencias «católicas» (universales).

Navarra sobrevivió duramente a la embestida castellana, ora con la ayuda de la nobleza gascona (uascon-wascon-gascón, desde Roma a la Baja Edad Media) o la bearnesa e inglesa, hasta el complot definitivo del más maquiavélico (en el peor sentido de la palabra) de los reyes de Europa, Fernando de Aragón. La táctica de Fernando, en palabras de Pierre Narbaitz : «Simular ir a combatir al poderoso Reino de Francia, para apoderarse de la modesta e inocente Navarra». Como veremos a lo largo de 500 años, ésa táctica se repetirá continuamente en la estrategia de los monarcas absolutistas, emparentados y aliados más allá de los intereses de sus naciones. Como ya había sido vieja arma en Roma (Attila-Aecio).

En Burgos, entonces frontera de Navarra, en julio de 1515, tras un largo período de salvajes y crueles guerras civiles (oñacinos vs. gamboinos; beaumonteses vs. agramonteses), fomentadas por Castilla y Francia, tras matanzas, traiciones, pactos e incumplimientos, asesinatos, sobornos, saqueos y reparto de prebendas y privilegios a los fieles en menoscabo de los rebeldes, Fernando hizo jurar fidelidad a la nobleza navarra y Castilla incorporó Navarra a sus posesiones, nombrando heredera a Juana la Loca y, a su fallecimiento, al flamenco Carlos I, quedando especificado que el reino conservaría sus fueros, como hasta hoy.

Pero no le sería fácil a la familia imperial someter los reinos de España.

En abril de 1521, en Villalar de los Comuneros, la nobleza antigua castellana y los cabildos municipales, hartos de los abusos de extranjeros favorecidos con juros, mayorazgos y pechas municipales, fueron masacrados por el ejército mercenario de Carlos I, siguiendo la política de Fernando de Aragón y el cardenal Ximénez Cisneros, que había mandado arrasar Navarra y sus castillos, y convertirla en un erial, en manos del salvaje y temido coronel Villalba. Sus adalides, Padilla y Bravo, fueron fusilados, y Francisco Maldonado, decapitado.

La Conspiración de los Faisanes

Existe en la desembocadura del Bidasoa una minúscula isla que ha tenido grandes momentos de gloria, apenas proporcionales a su minúsculo tamaño. Es la Isla de los Faisanes. Allí se cuenta que se conocieron, con la pompa naval imaginable, Felipe IV y su primera esposa, Isabel de Borbón, y el hermano de ésta, futuro Luis XIV, y su futura esposa, María Teresa de Austria, hermana de Felipe IV, el 9 de noviembre de 1615. Fué entregada la ya consorte del heredero español, por el duque de Guisa. Cincuenta años después del acuerdo, los condados catalanes habrán sido repartidos entre ambas virgas genealógicas.

Es el tiempo del Corpus de Sang y de la Revolta dels Segadors, cuando la población, harta de sostener un ejército mercenario cuya principal misión no era precisamente defender Cataluña de Francia, sino ocuparla y someterla por todos los medios necesarios entre unos y otros, en franca colaboración, proclamó su independencia.

El 23 de Enero de 1641, a la convocatoria del conseller Pau Clarís, la Diputación y el Consejo de Ciento se declararon en rebeldía contra Felipe IV y el Conde Duque, calificados de tiránicos, se declaró estado independiente Cataluña y se puso bajo la protección de Luis XIII, al que proclamaron conde de Barcelona.

A los pocos meses, las tropas catalanas de Francisco Tamarit, en la batalla de Sants-Montjuic, causaron más de 3.000 bajas al brutal marqués de los Vélez, que se retiró a Tarragona. Desde allí marchó después saqueando hacia Lérida. La guerra, con altos y bajos pero con el constante sufrimiento de todo el país, que quedó exhausto en la miseria, se alargó once años más.

El 7 de agosto de 1652 Felipe IV e Isabel de Borbón juraban en Lérida los fueros catalanes y sus antiguos privilegios, rindiéndose Barcelona. Seis años después, el 7 de noviembre de 1658, hogaño hace 350 de ello, se firmaba la Paz de los Pirineos, en la misma isla de los Faisanes del Bidasoa, donde se había firmado la conjura, siendo ratificada y rubricada la robra el 10 de diciembre de 1659. Cataluña, como Navarra y Castilla, quedaban partidas en dos para siempre.

« Catalunya, comtat gran, quí t’ha vist tan rica i plena?
Ara el rei, nostre senyor, declarada et té la guerra !
Segueu arran, que la palla va cara, segueu arran ! »

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