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Los tres reyes, los magos y el libro de Set

                           San Apolinar nuovo, Rávena, ofrenda de los reyes magos

 Los magos (gr. magoi, lat. magi, parsi: mogh) eran una de las tres tribus que formaban la cultura de los Medos (Magog). Esta tribu, antiguo clan, se reservó la competencia religiosa, como copiaron de ellos los de Leví.

Los reyes de reyes persas aqueménidas (Haxamaniyas) consideraban a los sátrapas como reyes de sus satrapías, manteniendo a sus familiares o a dinastías amigas o aliadas, con sus rehenes en la corte del Señor de la Puerta. Muy difícilmente un mago podía ser rey, aunque sí conspirar para poner reyes títeres. El caso de Bardiya-Esmerdis y su clon -un ciudadano que era idéntico al rey-, descubiertos por Darío el Grande y sus seis amigos, es el más destacado. Acabó con la fiesta irania de la matanza de los magos, que aún se celebra entre los mazdeístas del orbe.

“En tiempos del profeta Mani o Manes circulaban textos escritos en lengua irania atribuidos a Zarathustra. Los misterios de Mitra contaban también con libros santos. Los magos partos -de la dinastía parta o arsácida- representados en las pinturas de Dura Europos sostienen rollos en sus manos. En los Oráculos de Histaspes (Sisamoro-Senamira) la estrella es el signo del Gran Rey prometido, el Saoshyant, que es Mitra reencarnado”.

En el “Libro de Set”, evangelio apócrifo muy comentado entre los estudiosos y marginado por la iglesia datado en el s. VI por la propia iglesia de Roma, se narra que los magos subían a un Monte de la Victoria en cuya cima había una caverna, una fuente y un soto de árboles. Allí los magos se lavaban, oraban y durante tres días celebraban el nacimiento de Mitra.

“Este rito se celebraba cada año y los magos esperaban que la estrella apareciera mientras ellos estaban en el Monte de la Victoria”.

El único texto que nombra a los míticos reyes o magos es el “Evangelio armenio de la infancia” y dice:

“El reino de los persas dominaba sobre todos los reyes de oriente por su poder y sus victorias. Y los reyes magos eran tres hermanos: Melkon, el primero, reinaba sobre los persas; después Baltasar (tur. “hacha del rey”), que reinaba sobre los indios, y el tercero, Gaspar (p.aq. Gaupatis: Señor o protector de vacas, vaquero; aunque aspa: caballo y sáns. ji: victorioso), que tenía en posesión el país de los árabes”.

En esos años la dinastía reinante sobre medos, partos y parsis era la de los sakas o escitas, arsácidas, de Arsaces (Arsakos), cuya era se inició el 14 de abril del año 247 ane.

De esta importante dinastía destaca Fraates III, aliado a Sexto Pompeyo que se mostró partidario de la liberación de esclavos y otros planteamientos comunes a sus aliados mitraístas, y fue asesinado por sus dos hijos, Mitradates III y Orodes II. Enfrentados a su vez, venció Orodes.

Es el mismo Orodes II (Orodes: Ahura Mazda) que vencerá en Harran o Carras a Licinio Craso y le arrebatará el águila de plata imperial con las demás insignias de las legiones derrotadas. Los prisioneros romanos fueron sometidos a esclavitud, lo que causó gran espanto y conmoción en Roma (53 ane.).

Su hijo Fraates IV (37 a 2 ane.), pactó la paz con Augusto y devolvió las insignias de Carras (20). Desde ese momento las mercancías de ambos imperios podían circular de un lado a otro por la gran ruta que llevaba hasta la China imperial.

Le sucedieron Fraates V o Fraataces (del 2 ane. al 4 dne.) y Orodes III (4 al 7 dne.). Sus nombres públicos dan a entender que eran hermanos de la fraternidad mitraica, pero también facilita la creencia en su posible hermandad familiar, lo que por otra parte no está descartado.

La que sí está abierta es la posibilidad de que los tres reyes hermanos viajaran a Armenia, tradicionalmente gobernada por un pariente cercano al Rey de Reyes, por el camino de Palmira y Harrán, y que su tránsito fuera celebrado y comentado en los caravanserais y zocos de toda Asia como una victoria de la concordia mitraica que abrazaba el orbe.

En el año 35 dne. cita Tácito en sus Anales que “algunos de la nobleza de los partos vinieron a Roma, en el consulado de Cayo Cestio y Marco Servilio, sin que lo supiera Artabano, su rey”.

Los sakas dominaban también Kabul (tur.: acogida), el Punjab (sáns. “Beber las buenas aguas”; tur. mod. pinar: manantial), Marva, hoy Merv, la Margus de los persas y Margos de los griegos; y Gudjerat, es decir, Bactria (Afganistán, Pakistán y Cachemira), con las famosas dinastías kushanas (o indoescitas) de Kudjula Kadphises, Vima Kadphises, Kanishka, Hukishka y Vasudeva, entre el s. I y finales del siglo IV, cuando entran en conflicto con los chionitas y kidaritas, los llamados hunos blancos (sans. svetahuna) o heftalitas
En el texto citado los magos dicen a Herodes:
“Nuestros antepasados nos han legado un testimonio escrito de ello, que ha sido guardado con todo secreto y sellado. Y durante largos años, de padre a hijos de generación en generación, se ha mantenido viva esta expectación, hasta que por fin ha venido a tener cumplimiento esta palabra en nuestros días”.

“Nuestro testimonio no procede de hombre alguno. Es un designio divino acerca de una promesa hecha por Dios a favor de los hijos de los hombres y que ha sido conservado entre nosotros hasta el día de hoy. Después que Adán fue expulsado del paraíso y después que Caín hubo matado a Abel, el señor dió a nuestro primer padre un hijo de consolación llamado Set, y con él le entregó aquella carta escrita, firmada y sellada de su misma mano. Set la recibió de su padre y la transmitió a sus hijos. Todos hasta Noé recibieron la orden de guardarla con todo cuidado. Este patriarca se la entregó a su hijo Sem y los hijos de éste la retransmitieron a sus descendientes, quienes, a su vez, se la entregaron a Abraham”.

“Este se la dio a Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Altísimo , por cuyo conducto llegó a poder de nuestro pueblo en tiempos de Ciro, rey de Persia. Nuestros padres la depositaron con toda clase de honores en un salón especial y así llegó hasta nosotros, quienes, gracias a este escrito misterioso, vinimos de antemano en conocimiento del nuevo monarca, hijo de Israel”.

“Y el rey Melkon tomó el Libro del Testamento que conservaba en su casa como legado precioso de sus antepasados y se lo presentó al niño, diciéndole: “Aquí tienes la carta sellada y firmada por tu misma mano que tuviste a bien entregar a nuestros mayores para que la guardaran. Toma este documento que tú mismo escribiste. Ábrelo y léelo pues está a tu nombre”.

Y sigue el Libro de Set, dirigido a Adán: En el año seis mil, el día sexto de la semana (que es el mismo en que te creé) y a la hora sexta, enviaré a mi hijo Unigénito, el Verbo Divino, quien tomará carne de tu descendencia y vendrá a ser hijo del hombre. El te reintegrará a tu prístina dignidad por los tormentos terribles de su pasión en cruz. Y entonces tú, ¡oh, Adán!, unido a mí, con alma pura y cuerpo inmortal, serás deificado y podrás, como yo, discernir el bien y el mal”.

Aparte del triple seis, que el Apocalipsis o Libro de la Revelación, gnóstico donde los haya, atribuye a la bestia enemiga de Roma y que sería aquí la fecha de llegada del mesías-saoshyant, Mitra en su decisivo avatar vencedor del oscuro Ahriman, no hay duda que el adepto se somete a una catarsis tan propia del budismo como el samadhi o nirvana y la metempsicosis o transmigración de las almas. Ya los pitagóricos habían asimilado estas ideas por influjo de los mercaderes indios e iranios que, con los gobiernos proselitistas de Asoka y los Mauryas, alcanzarán su extensión máxima hacia el s. III ane.

Es obvio que, como los egipcios con Sirio, los magos fijaban el inicio del año nuevo con la aparición, elevación, de una determinada estrella que, en nuestra opinión, sería la Spica o espiga de Virgo, Ceres o Anahita, señora de los frutos y los cereales, la espiga que brota de la cola del toro en los frisos mitraicos.

Las siete estrellas que danzan en la capa de Mitra tauróctono corresponden a las siete estrellas de m-yor brillo (desde alfa Spica hasta eta, las demás son muy débiles) que identifican esta constelación.

En De Iside (46-47), Plutarco habla de la religión de los magos de Ecbatana, capital de Media, provincia principal del imperio parto o arsácida:
“Algunos creían que había dos dioses, uno creador de las cosas buenas y otro de las malas. Algunos llamaban al primero dios y al segundo demonio, como Zarathustra, que vivió cinco mil años antes de la quema de Troya”, lo que da el 6.300, la fecha del calendario del rey Numa que Julio César puso al día, aunque la fecha de su nacimiento se fija, no sin muchos peros y dudas fundadas, sobre el s. VI ane.
“Zarathustra llamaba al primero Oromazes (Ahura Mazda) y al segundo Areimanios (Ahriman). Creía que el primero a lo que más se parecía era a la luz y el segundo a las tinieblas y a la ignorancia, y que Mitra se encontraba en medio de los dos (Tagimásadas); por esto llaman los persas a Mitra mediador”.

“Enseñaban ofrecer al primero votos y sacrificios de acción de gracias y al segundo sacrificios atropopaicos, y cosas oscuras (Atropos-Hécate, diosa órfica de los infiernos, esposa de Hades). Ellos machacaban en un mortero una planta llamada omomi, e invocaban al Hades y a la sombra. A continuación, la mezclaban a la sangre de un lobo degollado, llevan la mezcla a un paraje sin sol, y allí la arrojan. Creían que algunas plantas pertenecen al dios bueno y otras al demonio malo. Entre los animales, el perro, los pájaros y el erizo, pertenecían al bueno, y la rata de agua, al malo. Por ésto, mataban todas las ratas de agua que podían” (enemigas de las cosechas).
Cada uno de los gemelos opuestos creó veinticuatro dioses, en perpetuo conflicto durante las 24 horas de cada día (un par enfrentados cada hora del día, tentando al hombre hacia la luz de la bondad o la maldad oscura) pero al fin del reinado de Aingra Mainyu, cuando renazca Mitra, “todos los hombres serán dichosos, hablarán una sola lengua y formarán una única nación”, como fue en los tiempos de la Edad de Oro que cita la teogonía de Hesíodo (s. VIII ane).

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